domingo, 3 de octubre de 2010

Luz


Esperaba que tus lágrimas se asomaran para despedirse de mí el último día que nos veríamos. Pero no lo hicieron. Ni siquiera las palabras fingidas que últimamente aprendiste a trazar con maestría de político. El silencio me chillaba en los tímpanos y no hacía falta que abriera la boca para pedirte explicaciones, tus ojos ya me lo dijeron todo.
El mar calmado seguía haciendo sonar las olas que silenciosas perecían en la orilla contra las rocas. Y aunque me fuera entendí que la vida seguiría igual. Las sillas de mimbre no nos echarían de menos. Ni que nos aposentáramos a fumarnos un cigarro mientras callados mirábamos al horizonte difuso de nuestras voluntades. Nadie se acordaría de que mirando al mar, aquel primer beso me supo a sal, igual que la primera vez que tuve que lamer las lágrimas de tus reproches. La nubes se iban comiendo el halo de luz de atardecer con el que el sol bañaba nuestro mar. El mar que te acariciaba desnuda, cuando de noche hacíamos el amor y tus tequieros se entrecortaban porque tiritabas. Y según oscurecía, se acababa todo, o nuestra historia, que al fin y al cabo para mí era casi todo. Y que tú te morías a mi lado aunque siguieras viva, y que yo estaba muerto dentro de ti aunque quisieras salvar lo insalvable.

El Vendedor de Versos.

Fotografía: Jess Raigal.